miércoles, 29 de diciembre de 2010

Annie

Annie me dijo una vez, que el universo continúa expandiéndose sin detenerse. Me dijo que el universo estaba vivo.
Pero para mí, el universo parecía como si se hubiera detenido, y cuando algo se detiene, creo que se acerca mucho a la eternidad de alguna manera. Quiero decir, que si es así, se parece más a un universo.

De aquello hace ya un tiempo, ya ni recuerdo el momento ni el lugar en el que me lo dijo, ni siquiera si llovía o no. Probablemente fuera en la cafetería, aquella que tanto le gustaba, y probablemente fuera una tarde de un martes cualquiera. Como siempre me habría llamado sin motivo ni razón y me habría tenido dando vueltas por la ciudad mientras me contaba cosas. Si bien es cierto que yo casi siempre me limitaba a escucharla, no me importaba, nunca me ha importado. En fin, reconozco que al conocerla me había parecido una chica extraña y traté de evitarla cuanto pude, pero eso cambió con el tiempo e irremediablemente acabé acostumbrándome a su presencia e incluso a echarla de menos.

Me contaba cosas, me hablaba de la vida y de las personas. Si había algo que ella adoraba por encima de todo era sonreír, y mucho más hacer sonreír a alguien. Me hablaba de su filosofía de vida y pintaba con la imaginación aquellas tardes grises en amplios cielos azulados. Le gustaban las nubes, y desde luego le gustaba la lluvia, pero siempre había preferido caminar bajo un sol radiante de verano, decía que ello le hacía feliz y le daban aun más ganas de sonreír.
Me hablaba de las personas, y de cómo ellas también esperaban el momento para sonreír, lo admitiesen o no. Me contaba que si le regalaba una sonrisa a alguien, ésa persona me lo estaría agradeciendo desde el primer segundo, al igual que pasa con la confianza. Porque si algo trataba de meterme en la cabeza durante todo aquel tiempo era la confianza en las personas, trataba de devolverme la fe en la humanidad de alguna manera.
Recuerdo cómo me iba contando todo ello por la calle mientras se tomaba el helado de chocolate que me había obligado a pagar, y cómo siempre se le caía y tenía que pedir otro. Recuerdo enfadarme por ello y recuerdo su respuesta. "Ahora podrás pensártelo mejor y pedir uno tú también" Y reía.

Por las noches cambiaba, y su mirada dejaba de ser la de una niña alegre. Cuando miraba a un cielo oscuro lo hacía de una manera que nadie podría imaginar si no la viese a ella. Sus ojos verdes se volvían oscuros, su sonrisa resplandeciente se reducía a una curvatura de labios. Entonces dejaba de hablarme de la felicidad, de la alegría y de las personas. Me hablaba del universo. Ella adoraba el mundo en el que le había tocado vivir, y aunque reconocía sus imperfecciones ella estaba segura de que sólo servirían para mejorar. Me decía que el universo, y nuestro planeta específicamente, estaba plagado de seres perdidos unos entre otros, que van de aquí para allá buscando su sitio, estableciendo sus metas, uniéndose y separándose. Y yo la seguía escuchando.
"Tú no pareces estar perdida" Le dije. Ella sólo dejó de mirar al cielo y clavó sus ojos en los míos, sonrió y contestó tras una pausa. "Eso es porque estoy donde quiero estar"

Desde entonces ha pasado tiempo, mucho tiempo. Yo he cambiado, y probablemente ella también lo haya hecho. Pero aún así, me gustaría verla una vez más y preguntarle... ¿Cómo sabe uno dónde quiere estar? ¿Cómo lo supiste? Y si era así ¿Por qué te fuiste?


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